Buenos Aires, 2001. Crisis económica, corralito, caos total. En medio del derrumbe, Los Redonditos lanzaron Gulp. No era un disco cualquiera. Era la banda sonora de una generación que se desmoronaba.
Tu viejo lo escondía en el cajón de abajo. ‘No lo vas a entender’, te decía. Tenía razón. Gulp no era para oídos jóvenes. Era pura rabia adulta, desilusión política, amor roto por un país que explotaba.
Pero los discos prohibidos siempre encuentran su camino. Sonaba en departamentos de Palermo cuando familias enteras empacaban para emigrar. Se copiaba en casetes que cruzaron el Atlántico en valijas rumbo a Madrid, Montreal, Miami.
Hoy, 25 años después, Él Mató a un Policía Motorizado cita esas guitarras distorsionadas. La herencia cultural viajó: de padres que emigraron con Gulp bajo el brazo a hijos que descubren esa rabia en Spotify. El disco prohibido se volvió legado.
